"Deléitate en el Señor, y el te concederá los deseos de tu Corazón". Salmo 37:4

martes, 13 de agosto de 2013

¡Pon Manos a La Obra!


Tú les das, y ellos recogen; abres la mano, y se colman de bienes. Si escondes tu rostro, se aterran; si les quitas el aliento, mueren y vuelven al polvo. Pero si envías tu Espíritu, son creados, y así renuevas la faz de la tierra. Salmo 104: 28-30











Hoy me gustaría hablar de las manos femeninas, que han sido motivo de inspiración de muchas canciones y poemas. Manos de mujer, que mecen la cuna y que curan las heridas. Manos que abrazan y consuelan a los desamparados. Manos que, con firmeza, conducen al niño que desconoce el camino que emprenderá en la vida. Manos que saben dar una caricia a la amiga que sufre, y al esposo cansado. Manos de mujer, por las que debería fluir todo el amor de Dios a los seres que sufren, que suplican amor, que viven en soledad, que anhelan aprobación. Corno dice un poema muy popular: «Una mujer fuerte, es una mujer “manos a la obra”».
Esa es la invitación de hoy: que pongamos nuestras manos a la obra. Hay demasiado que hacer, pero tan solo mediante la ternura que destila de las manos de una mujer podrá ser realizado. La mujer virtuosa «tiende la mano al pobre, y con ella sostiene al necesitado» (Prov. 31: 20).
Quien está agobiado por la tristeza es terreno fértil para que tus manos abran un surco en su corazón abatido, y siembren esperanza. Si lo consigues, la bendición será reciproca: «El que ayuda al pobre no conocerá la pobreza; el que le niega su ayuda será maldecido» (Prov. 28: 27).
Manos de mujer, laboriosas e incansables. Manos de costureras, de enfermeras, de maestras y de cocineras. Manos que, mientras cumplen con sus labores cotidianas, remiendan con hilos de amor los corazones rotos y curan las heridas con el ungüento del perdón. Son maestras del bien y escriben mensajes de amor en los renglones torcidos del alma que sufre. Son las que preparan el menú de la alegría cuando la familia se reúne en torno a la mesa familiar.
Amiga, es hora de que mires tus manos y, en forma reverente, le pidas al Señor que las limpie del mal y las use para el bien. Estoy segura de que, al terminar el día, recibirás el más delicioso y puro de los toques. ¡El toque de las manos de Dios!

Tomado de: Meditaciones Matinales para Damas 2013
“Aliento para cada día”
Por: Erna Alvarado

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