"Deléitate en el Señor, y el te concederá los deseos de tu Corazón". Salmo 37:4

miércoles, 2 de octubre de 2013

Evitando la Autocompasion

El Señor da vista a los ciegos, el Señor sostiene a los agobiados, el Señor ama a los justos. 
Salmo 146:7
La claustrofobia produce un temor extremo en algunas personas cuando se encuentran en espacios cerrados y pequeños, como un elevador o un cuartito.
Los síntomas más frecuentes son sudoración intensa, aceleración del ritmo cardiaco, fuertes temblores y una necesidad imperiosa de huir. Esta ansiedad es tan paralizadora, que puede causar que los afectados no actúen con propiedad en su trabajo, en el hogar, e incluso su vida social se puede ver perjudicada. Gracias a los avances de la medicina, en la actualidad existe un tratamiento para dicho mal, que puede permitir al afectado llevar una vida normal.
Hay otro encierro que también resulta aterrador y que podría causar estragos en nuestra vida: la autocompasión. ¿Cómo escapar de ella? Los síntomas más frecuentes de este mal espiritual y también psicológico pueden tener su origen en una infancia marcada por abusos, sufrimientos y dolor; sucesos que han dejado traumas sin superar. La persona encerrada en su autocompasión cree que no tiene valor; que la vida ha sido injusta con ella; le dan vergüenza sus actos y cree que siempre está expuesta al ridículo.
Esto me hace recordar a la mujer samaritana que acudió al pozo de Jacob en busca de agua. Cuánta vergüenza y dolor había en su vida. Aislada de todos y de todo, se encerraba en su miseria y no sabía qué hacer. Disfrutaba de unos pocos momentos de libertad cuando acudía al pozo a por agua, esperando tal vez que algo cambiara su triste realidad. Y el milagro se produjo. La voz liberadora de Jesús la impactó; la voz suave y amorosa del Maestro sensibilizó las fibras de su alma y de su corazón. Por primera vez pudo disfrutar del aire fresco de la tarde. Se dio cuenta de que había personas que vivían en peores condiciones que ella y, dejando su cántaro, les llevó las buenas nuevas de salvación. ¡Aquel poder liberador era Cristo, el Maestro, el Mesías esperado!
Amiga, si necesitas la ayuda divina, coloca tu dolor a los pies del Maestro y permite que el bálsamo de su amor te sane. Abre tu vida y deja entrar la luz del Espíritu Santo a tu corazón. Al hacerlo serás una mujer realmente libre.

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