"Deléitate en el Señor, y el te concederá los deseos de tu Corazón". Salmo 37:4

miércoles, 9 de abril de 2014

En sus brazos no hay temor

“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor […]”. 1 Juan 4:8, 18.

Mi sobrina Catalina y yo estábamos pasando algunas horas preciosas. Con su añito y medio y sus ganas de descubrir la vida compartíamos juegos, música y algún quehacer doméstico.

De pronto, noté que su sonrisa había desaparecido y el miedo se había apoderado de todo su cuerpecito. Una ambulancia pasaba por la calle haciendo sonar la sirena. Ella corrió hacia mí tan rápido como pudo alzando sus bracitos, mientras una catarata de lágrimas inundaba su rostro.

Ya en mis brazos, se fue tranquilizando mientras la abrazaba y consolaba.

Poco a poco, entre lágrimas y balbuceos, en su rostro asomó nuevamente una sonrisa.

Quedé pensando en lo sucedido. En la vida, ¡cuántas cosas asoman repentina y amenazadoramente, llenando con miedo cada rincón de nuestra mente! Miedo real o imaginario, conocido o no. No importa. Es miedo al fin. Miedo a quedar sola, al peligro, a ser rechazada, a fracasar, a equivocarte, a lo nuevo, al futuro… Hay tantas clases de miedo como personas existen, o tal vez más.

Satanás disfruta desde el Edén manipulándonos mediante el miedo.

“Tuve miedo… y me escondí”, fue la reacción de Adán (Gén. 3:10). Así busca conseguir sus objetivos con esa herramienta tan exitosa que acorrala, paraliza, enferma, tuerce el rumbo. De esta manera procura obligarnos a tomar decisiones equivocadas y tenernos sujetos a su voluntad.

A diferencia de Catalina, ¡cuán pocas veces corremos directamente a los brazos del Único capaz de ponernos a salvo, sino que antes intentamos una infinidad de cosas hasta quedar exhaustos bajo el peso del miedo! Jesús dijo que vino para que tengamos vida en abundancia. Eso incluye librarnos de la esclavitud del miedo.

Querida amiga, si el miedo está intentando clavar sus garras en tu alma, no busques refugio en ningún otro sitio, no pierdas el tiempo ni tu preciosa vida. Ve directamente a quien te ama más que nadie en el universo y sabe perfectamente qué es lo que necesitas. El te dice: “No temas, yo te ayudo” (Isa. 41:13). Así, segura en sus brazos, podrás secarte las lágrimas, volver a sonreír.

Anny Walter de Gilí, Argentina

DEVOCIÓN MATUTINA PARA LA MUJER 2014

DE MUJER A MUJER

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