sábado, 16 de noviembre de 2013
jueves, 14 de noviembre de 2013
Caminó sobre el Mar
Sálvame, Dios mío, que las aguas ya me llegan al cuello. Me estoy hundiendo en una ciénaga profunda, y no tengo dónde apoyar el pie. Estoy en medio de profundas aguas, y me arrastra la corriente (Salmo 69:1, 2).
El 26 de diciembre de 2004 un tremendo tsunami devastó las costas de catorce países en el océano Índico. El detonador fue un movimiento sísmico que tuvo su epicentro a ciento sesenta kilómetros de la isla Simeulue, al oeste de Sumatra, donde una falla en la placa tectónica ubicada a treinta kilómetros de profundidad se hundió más de veinte metros, lo que produjo un sismo de magnitud de entre 9,1 y 9,3 grados en la escala Richter.
El sismo produjo una ola de treinta metros de altura que mató aproximadamente a doscientas treinta mil personas en los diversos países. ¿Te imaginas cómo podrías huir de una ola de ese tamaño?
Muchas veces las pruebas que enfrentamos son como tsunamis que golpean nuestra vida. Por ejemplo, una enfermedad devastadora que arrasa con tus finanzas y de todas maneras tus seres queridos no tienen perspectivas de salvarse; o un vicio que no puedes controlar; el deseo imperioso y urgente de hacer algo que sabes a la larga te perjudicará pero no lo puedes evitar. Es como sentir que te hundes, te ahogas poco a poco.
Si lees los Salmos, te darás cuenta de que las muchas aguas, o las aguas profundas, son símbolos de los enemigos del justo. Si lees el Salmo 69 verás claramente que las aguas profundas se refieren a los adversarios del salmista, que quieren tragárselo vivo. La misma idea puedes encontrarla en el Salmo 144 y en otros salmos.
La Biblia dice algo más de las aguas profundas o el mar. Dios es más poderoso que el mar y gobierna sobre él. Job 38:8 dice que el Señor lo encerró con puertas. En el Salmo 74:13 se dice que Dios divide el mar con su poder y Job 9:8 e Isaías 43:16 dicen que Dios abre camino en el mar y anda sobre él. Mi texto preferido al respecto es Salmo 77:16, que describe cómo el mar tiembla de miedo cuando Dios se acerca. Sí, nuestro Dios es todopoderoso.
Lo demostró en la salida de Egipto cuando abrió el mar para que pasara su pueblo.
La promesa de Dios es grandiosa. Él quiere abrir las aguas que amenazan tu vida para que obtengas la victoria. ¿Se lo permitirás hoy?
¿Habrá algo más pesado?
“Si se enojan, no pequen”.
No dejen que el sol se ponga estando aún enojados, ni den cabida al diablo. Efesios 4:26-27
El enojo es una de las emociones humanas clasificadas como “negativas”, y eso se debe principalmente a las muchas consecuencias perjudiciales que dicha actitud puede provocar, y de hecho provoca, en la vida de millones de personas. El enojo puede tener su origen en la frustración, en los intentos fallidos por conseguir algo, o en algún dolor psicológico o físico.
Muchas personas dirigen su enojo hacia sí mismas cuando están enojadas por algo o con alguien. Llegan a pensar que son torpes y que están destinadas al fracaso (si no se ven ya como fracasados). Otras dirigen su incomodidad hacia los demás. Quizá tengan envidia del bienestar que otros disfrutan, o se consideren poco afortunadas pensando que Dios las ha abandonado. Creen que el Señor provee para los demás, pero que no lo hace de la misma manera para ellos. Son personas incapaces de disfrutar de los favores divinos y de las bendiciones que reciben, asumiendo en ocasiones un papel de víctimas sufrientes.
Nadie está libre del enojo. Esta emoción es propia de la naturaleza humana y todos mostramos una propensión a ella a cada paso que damos. Sin embargo, cuando el enojo nos envuelve porque no somos capaces de controlarlo, y eso hace que nos olvidemos del poder de Dios para afrontar las circunstancias, corremos un grave peligro. El teólogo escocés Hugh Black decía: “Si un hombre fomenta el enojo, si permite que su mente llegue a ser un nido de pasiones inmundas, de malicia, odio y deseos malignos, ¿cómo podrá habitar en su interior el amor de Dios?”.
El enojo permanente tiende a causar efectos permanentes en nuestro ser, y algunos de ellos podrían ser irreversibles. Aconsejaba el apóstol Pablo: ““Si se enojan, no pequen”. No dejen que el sol se ponga estando aún enojados, ni den cabida al diablo” (Efe. 4:26-27). Dios nos ha dado dos recursos maravillosos para despojarnos de la carga que produce el enojo, antes de que eche raíces en nuestra vida. Primero la oración, un medio por el cual nos comunicamos con lo divino.
En segunda instancia, el perdón, que es la obra de Dios en el corazón humilde de alguien que no desea ser juez de los demás, sino que da lugar para que actúe la justicia divina.
LECTURAS DEVOCIONALES PARA LA MUJER
miércoles, 13 de noviembre de 2013
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