"Deléitate en el Señor, y el te concederá los deseos de tu Corazón". Salmo 37:4

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Una Orden difícil de Cumplir

Al ver la señal que Jesús había realizado, la gente comenzó a decir: “En verdad este es el profeta, el que ha de venir al mundo”. Pero Jesús, dándose cuenta de que querían llevárselo a la fuerza y declararlo rey, se retiró de nuevo a la montaña él solo (Juan 6:14, 15).

 El día que Jesús alimentó a una multitud de cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, su ministerio llegó a la cúspide de la fama. Enormes multitudes de Galilea y Judea lo seguían, celebraban sus milagros y escuchaban arrobados sus enseñanzas.

En cierta ocasión, mientras predicaba y realizaba milagros todo el día, se apoderó del pueblo la convicción de que Cristo era el rey que lo libertaría del yugo romano. Tenía todas las características del Mesías prometido. Era el hombre fiel de la familia real de David a quien Dios había anunciado por medio de Jeremías como “nuestra salvación” (Jer. 23:6).

Jesús era un hombre sabio, como Salomón, que juzgaría con justicia y sabiduría al pueblo y le traería prosperidad. También era un profeta por medio de quien Dios actuaba poderosamente.

Sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos, como Elias y Elíseo siglos antes.

Jesús era sin duda el profeta que Moisés había anunciado: “El Señor tu Dios levantará de entre tus hermanos un profeta como yo. A él sí lo escucharás” (Deut. 18:15).

Este fue un momento de gran alegría para los discípulos. Habían dejado todo por seguir a Jesús. Muchos los habían calificado de locos por seguir a un desconocido que no había estudiado en las prestigiosas escuelas rabínicas. Jesús no mostró interés alguno por reclamar el trono de Israel. Los discípulos dijeron a la multitud que era la modestia de Cristo lo que le hacía rechazar el honor de proclamarse rey (El Deseado de todas las gentes, pp. 340,

341). Entonces, Juan 6:15 dice que la multitud decidió tomar a Jesús por la fuerza y proclamarlo rey. Sin embargo, él desbarató sus planes y ordenó a los discípulos que subieran a la barca. La expresión griega de Mateo 14:22 (anagkazo) significa literalmente que los “forzó” a embarcarse. Elena de White dice en cuanto a los discípulos: “Nunca antes había parecido tan imposible cumplir una orden de Cristo” (Ibld.).

¿En algún momento te ha pedido Cristo que hagas algo que no quieres? Jesús, que veía más allá de lo que la ambición descontrolada de los discípulos y la multitud podía, quería  ofrecer algo mejor que un reino temporal en la tierra. Si Jesús te ha negado algo, seguramente quiere ofrecerte algo mejor. ¿Tienes la voluntad de confiar en él?

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