En algunas ciudades hay establecimientos donde la gente se reúne para compartir una taza de té. Los parroquianos acuden a ellos cuando desean pasar algunos momentos de intimidad con personas que aprecian. He visitado en varias ocasiones algunas de esas casas de té en compañía de mis hijas y de mi esposo. Cuando una acude a dichos lugares, sabe que beber una taza de té humeante no es la única razón para estar allí. Eso es apenas un pretexto para estar con alguien muy querido. En una tranquila y grata camaradería algunas personas pueden pasar más de una hora frente a su cálida bebida, sin que nada las mueva a la prisa. Obviamente, al salir de ese lugar se experimenta la grata impresión de que se ha pasado un tiempo en la mejor compañía, y eso es un alimento para el alma. Recordemos que las buenas amistades se edifican mediante francas conversaciones.
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